
Me despierto, aún es de noche, la oscuridad se hace cómplice de mi sueño y aún puedo ver esos ojos negros, profundos, como un pozo del que solo puedes percibir el eco de sus aguas, un pozo en el que caigo y me hago prisionero.
Enciendo la luz, el blanco metálico, artificial, me devuelve a la realidad. He dormido dos horas y ahora toca ir a trabajar. Me visto como un autómata, apago la luz, prefiero moverme entre sombras hasta el salón. Enciendo dos velas, prefiero la luz natural, los amarillos y naranjas bailando al son de una brizna de aire imperceptible iluminan lo justo para preparar el café. La vitrocerámica adquiere un rojo brillante, casi demoníaco, como si el mismo infierno estuviera calentando un café que inunda la casa de aromas ocre y pastel que aspiro y tinta mis pulmones.
Al salir a la calle la luz de la Luna, blanca, cegadora, baña las calles de azules, e hipnotizado, como un insecto que no puede luchar contra el magnetismo de una luz, me dejo guiar hasta la mar donde se mira la cara la Luna para admirar su propia belleza. Desde levante asoman los primeros rayos del Sol que cruzan el cielo desde detrás de las montañas, que poco a poco adquieren el verde del pino que te recuerda que estás en el Mediterráneo. En el lado opuesto, a poniente, con el mar como escenario, el cielo que antes era azul marino se torna violeta, añil, lila y por último celeste, como si hubiéramos corrido el velo estrellado nocturno para recogerlo en un abanico de colores sobre el horizonte.
El rocío de la noche ha perlado todo a mi alrededor, las primeras gotas calentadas por el Sol caen translúcidas dejando pasar como en un prisma los colores de todo lo que acompaña su recorrido hasta chocar contra el suelo y romperse en cientos de fragmentos cristalinos que brillan como fuegos artificiales.
El Sol se eleva para llenar de luz cada rincón, para que cada flor abra sus pétalos y atraiga con sus llamativos colores a las encargadas de la polinización, vestidas con su mono amarillo y negro. La Mar, allá donde la profundidad es de unos metros y el fondo es arenoso adquiere el turquesa que mezcla azul y verde, que enamora la vista y engatusa los sentidos. Más adentro, la poseidonia danza al ritmo de las corrientes, donde peces distraidos se camuflan entre los marrones flecos del alga, acariciando sus nacaradas escamas, respondiendo a los rayos que se internan en el azul con reflejos imposibles.
Mi barco se abre camino por azules marinos salpicando de blanca espuma los costados de la embarcación. En popa, una estela triangular, donde luchan azules y blancos por ser protagonistas de la escena, como la huella de un cometa, deja el sello del camino recorrido.
La fuerza del Sol hace que se dore mi piel, dándole un color cobrizo, que me hace sentir el calor en cada poro y, apreciar cada brisa que refresca mi torso curtido por la intemperie.
Al final de la jornada el astro Rey, cansado por el esfuerzo realizado, se dispone a acostarse, pintando un cielo rosa, lila, añil, naranja; los colores se van sucediendo a medida que avanza el ocaso. Las nubes, que quieren participar del espectáculo, adoptan los colores y los hacen suyos dando un toque difuso al cuadro, haciendo que cada minuto plasme una imagen diferente, recordándote la futilidad de un momento, regalándote a cada instante una combinación de colores imposible, enseñando la lección de que todo es etéreo y caduco, que cada instante es único, como únicos son los sentimientos que despiertan en nosotros los colores.
Blanco Corcel